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Un Monstruo de Mil Cabezas (2015): Una Figura ininteligible

  • Nuria González
  • 9 nov 2020
  • 2 Min. de lectura

Una madrugada más en la Ciudad de México detona un violento encuentro con fuerzas irreversibles. Sonia Bonet (Jana Raluy) despierta advertida por el dolor terminal que manifiesta su marido. El silencioso pánico de la familia traza inconscientemente el temor a un destino irreparable. La fragilidad del cuerpo enmudece después de unas horas, Sonia mira discretamente a su pareja y devela por única ocasión el amor que les une. Un Monstruo de Mil Cabezas (2015), la cuarta cinta del director Rodrigo Plá, abandona aprisa la vulnerabilidad del hogar familiar para narrar la rebelión de Sonia contra una aseguradora que injustificadamente les niega el tratamiento médico correspondiente.


El guión de Laura Santullo esboza a Sonia y su avergonzado hijo, Darío (Sebastián Aguirre), en una espiral burocrática que atraviesa todos los niveles de la compañía. Dispuesta a no malgastar tiempo, Sonia confronta con un arma de fuego a las desinteresadas estructuras administrativas. Sin embargo, los violentos medios de acción sólo consiguen desnudar la limitada autonomía y disposición de los personajes en su camino, esos eslabones corporativos que rápidamente se deslindan de su poder de acción y decisión. No es motivo de sorpresa comprender que, más allá de empleados y ejecutivos, Sonia encara las políticas corporativas que inequívocamente protegen los intereses del capital.


La intrusión de la protagonista es vista desde los desentendidos ojos con los que se tropieza —recepcionistas, guardias, y demás testigos incidentales. Con sus propios motivos e intereses, cada uno asume periódicamente la perspectiva central de la cinta y observa las irrupciones de Sonia en sus dispares rutinas laborales. Su interpretación, a veces neutra, a veces reaccionaria, de los hechos es manifestada fríamente en un tribunal contra la acusada Sonia. La condena del sistema, así, se fundamenta en relatos accidentados y memorias nebulosas.


Continuamente, Plá incorpora retratos borrosos de Sonia: una silueta en un espejo empañado, una transeúnte sobreexpuesta por los faros de un auto, una mujer sin rostro en los ojos de un míope, y, el más pervasivo de todos, un formato de queja cualquiera. Ajustándose al agitado ritmo del thriller, Un Monstruo de Mil Cabezas persigue a un ente pasajero. El filme actúa como registro único de huellas que, sin previo aviso, aparecen y se esfuman.


En conjunto con la representación visceral de la compañía, el tratamiento impersonal de la cinta puede ser asociado a un auto detrimento disfrazado de idealismo. Al depositar su esperanza en un mañana sin dolor, Sonia pierde rastro de su propia imagen. Su integridad sucumbe ante la desesperación de una inminente pérdida. Los huecos sugeridos por la escasa duración de Un Monstruo de Mil Cabezas aluden a un desconocimiento paralelo al sistemático: el propio eclipse de nuestra identidad propiciado por la ausencia ineludible del otro.

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©2023 Nuria González.

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